La columna que paso a exponer la había escrito el año pasado, a propósito de la muerte del comunero Camilo Catrillanca. La dejé botada un tiempo y ahora, cuando estamos pasando por una revolución pocas veces vista en nuestra Historia, es que quiero publicarlo. No se trata de un estudio profundo, sino más bien de una reflexión personal, sin perjuicio de dejar algún material a manera de bibliografía.

La muerte del comunero Catrillanca no es sino el último de una serie de hechos trágicos que han asolado a la Araucanía en el último tiempo, y sin embargo siguen provocando una ola de reacciones de un lado y de otro. Unos denunciando la persecución y discriminación contra los pueblos indígenas, otros acusando el terrorismo y la guerra civil solapada que se vive en la zona de la Araucanía. Acusaciones contra la policía, contra el gobierno, contra la oposición, contra los grupos que reivindican al pueblo mapuche. Un ir y venir de ataques, protestas, defensas enardecidas…

Sin embargo, esto no se trata de una discusión sobre metros más o menos de tierras para las comunidades mapuches o las empresas, ni tampoco de si nuestra fuerza policial es o no todavía el modelo pretendido por décadas como ejemplo para el continente, ni de si un modelo económico es mejor o peor para el desarrollo de una zona y de su gente. Es un conflicto más profundo, y creo yo que no se va a solucionar si no asumimos el tema subyacente, que es la confrontación de identidades, y de autoconciencia sobre la condición actual de los pueblos indígenas dentro del estado chileno.

Indígena: un Concepto “Occidentalizante”

No es fácil definir qué es ser “indígena”, y cómo debemos entenderlo en el contexto de una sociedad ligada a patrones culturales definidos. Se le suele hacer sinónimo de “aborigen”, es decir, de miembro de alguna etnia, pueblo, comunidad, etc., que existía desde antes de la invasión de otra que se tomó ese territorio. Sin embargo, esto presenta varios problemas por cuanto ello conlleva a confusiones derivadas de diversos episodios históricos que se superponen y de ciertas concepciones sobre lo “no indígena”. Por ejemplo, a incas y aztecas se les cataloga de indígenas pese a su conocido carácter expansionista sobre otros pueblos. O que los vascos, pese a que su lengua es anterior incluso a los pueblos más primitivos de la península Ibérica, no se les considera por regla general como indígenas.

Pues, en el fondo, el concepto de indígena no parece tener una aplicación general a todo el mundo. No se habla de indígenas en zonas como África o el Oriente Medio, y se producen discusiones cuando se pretende aplicar a cualquier realidad que no responda a un patrón de lo que se llama “civilizado”. Y en efecto, el concepto de indígena, en un plano general, atiende a tres características que a mi juicio lo definen desde un punto de vista : su pertenencia histórica a un territorio, su antigüedad relativa y -el punto más importante- su carácter “exótico” ¿pero respecto de quién?

Bueno, como dije, esa “exoticidad” de lo indígena tiene su vara de medida en lo “civilizado”. Y la civilización, al menos desde la Modernidad, se relaciona íntimamente con Occidente. En una acepción estricta del concepto (Huntington), sólo podría llamarse “civilización occidental” a los pueblos y naciones de Europa Occidental, la Norteamérica anglosajona y el eje Australia-Nueva Zelanda. Es decir, el tronco blanco católico-protestante. Así, las demás regiones del mundo tienen diferentes civilizaciones, y en nuestro caso perteneceríamos a una “Civilización Latinoamericana”, surgida del mestizaje entre los grupos occidental y amerindio, más un aporte africano.

Sin embargo, la impronta “occidentalizadora” marca el andar de las sociedades y estados de las demás civilizaciones como Latinoamérica, y Chile no es la excepción. En la Era Moderna y Contemporánea, fueron los occidentales los que marcaron el desarrollo tecnológico y científico, tomando las potencias de ese lado el liderazgo en materias económicas y políticas, cosa que no tardó en ser imitada por las demás naciones y estados. América Latina, queriendo imitar este avance, no tardó en despreciar la herencia indígena considerándola un peligro para sus propósitos. Sumado al hecho de que, no habiendo naciones étnicas en las que fundarse los estados recién independizados, se necesitaba “crear” una identidad nacional que permitiera la lealtad suficiente para mantener cohesionado un pueblo. Una identidad monolítica, mayormente occidental, pero con el elemento identificador y diferenciador ante el mundo. Esto conlleva, por un lado, la anulación parcial o total de las identidades particulares que pudieran representar una amenaza a la cohesión, y de ellas las indígenas eran las más peligrosas para ese fin.

Así, se forjó un concepto interesado de “indígena”, afín a la idea de unidad nacional, en el que estas comunidades aparecían como un elemento anexo a la Nación, útil sólo en cuanto sirviera al fin cohesionador, pero que se preveía que, tras una necesaria transición, terminarían subsumiéndose en la comunidad unida y única del Estado. La educación, las leyes, las cargas públicas, tendrían ese fin de acelerar el proceso de asimilación, y la menor resistencia sería aplastada de manera drástica, para que no quedara dudas de aquello. Una rareza de museo, un objeto de estudio, que pronto sería parte de la historia.

En conclusión, el concepto de indígena, como el de minoría étnica, tiene ese matiz excluyente del proceso occidentalizador, visto como sinónimo de modernidad y progreso. Incluso para aquellas ideologías que rechazaban la impronta liberal del occidentalismo, lo indígena aparecía más como una barrera al servicio de la política, como un elemento de lucha, pero no como un elemento de identidad de las personas que sentíanse partes de esas etnias.

Conciencia Nacional: una “Occidentalización” Benéfica para los Indígenas

Los tiempos han cambiado, y si bien en el discurso indigenista todavía hay un repudio formal a la herencia de Occidente, empieza a correr la idea de que no siempre puede rechazarse todo lo que esa civilización ha creado. Sea por los intentos de asimilación forzada, sea por las necesidades económicas, tarde o temprano los indígenas, o al menos la parte más ilustrada de éstos, han entrado en lógicas occidentales que, vaya paradoja, podrían ayudarlos para abandonar el estado de rezago.

Un ejemplo paradigmático es el que dio Mahatma Gandhi. Un indio, educado a la occidental, no obstante supo unir esa visión progresista o desarrollista adquirida en el mundo “blanco” con la autoconciencia nacional de los pueblos del Indostán, lo que permitió la resistencia de estos pueblos al dominio colonial y más tarde conseguir la independencia. El secreto, aquí, fue hallar esos elementos que coincidían antes de los que divergían. El sincretismo, que es un fenómeno inevitable en la Humanidad, fue el que permitió a los indios, y más tarde a otros pueblos, empezar la lucha por su liberación, la cual aun siguen dando.

La idea romántica del “buen salvaje”, de buscar la pureza cultural y denunciar la “contaminación foránea” sin reflexionar siquiera un poco, no hace sino estancar y malearse a los grupos humanos. Ya lo ha experimentado la humanidad con consecuencias trágicas, y hoy es el principal pecado de los estados que se aferran a la idea de construcción nacional. Del mismo modo, renegar del aporte occidental puede hacer más daño que bien para los pueblos, especialmente en el caso de las minorías, si comprendemos que existen beneficios indesmentibles de este aporte.

En este caso, el aporte más importante de Occidente para el desarrollo indígena es, precisamente, el abandono de ese concepto tan lastrante. Superar el trasfondo paternalista que contiene ese concepto, y elevar el estatus de estos pueblos al de un nivel superior, nivel que en el pasado estuvieron cerca de conseguir (si es que ya no se consiguió) los mayas, aztecas e incas. Hoy día hay más indígenas educándose, trabajando, ejerciendo profesiones o empresas, y por tanto con la potencialidad de constituir una élite que no sólo construya un proyecto étnico-social que sea base de una posible construcción nacional, sino que además haga las labores necesarias para que el resto de la comunidad perteneciente a ese pueblo comparta estos ideales.

De este modo, se hace preciso repensar la cuestión indígena ya no como renegación del aporte occidental, sino del uso de los elementos que faciliten por un lado la conservación de sus características culturales, y por otro para traducir los propósitos en un nuevo pacto social que garantice su existencia autónoma. En pocas palabras, para abandonar el indigenismo estancado y construir una nueva identidad nacional.

Adiós Indígenas, Bienvenidas Naciones

Entonces, los pueblos indígenas se hallan en un nuevo desafío, para superar el estado de ser comunidades folclóricas anexas a la nación fundada en el Estado y erigirse ahora como naciones étnicas, autónomas de la “identidad nacional-estatal” que el gobierno fomenta, cuando no impone por la fuerza del derecho o las armas.

Un concepto que nace en las revoluciones independentistas y que ha retornado de la mano de los movimientos de reivindicación indígena es el Derecho de Autodeterminación, esto es, la capacidad de los pueblos o naciones de decidir por sí mismos en aspectos fundamentales de su vida personal y comunitaria. Está reconocido en el Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (art. 1), y si bien en su expresión más radical significaría un “derecho al separatismo”, también se admiten formas menos rupturistas con los estados existentes. He ahí los casos de Canadá, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Australia, y muchos estados latinoamericanos que, con mayor o menor amplitud, han aceptado o debido aceptar la autonomía cultural de sus pueblos indígenas, a la par de sus sociedades occidentalizadas. Lo mismo en España, Bélgica, Italia, Francia, etc., con sus minorías nacionales o étnicas.

Entonces, el camino que se abre a los pueblos indígenas es el abandono de su situación residual y resábica, y adoptar el concepto “occidental” de Nación. Porque no hallo diferencia entre la conciencia nacional de un mapuche y la de un catalán. Porque un aimara y un kurdo, un maorí y un bretón, un tupí con un bávaro y un tamil, son básicamente lo mismo.

Obviamente, la opción “nacional” conlleva riesgos y beneficios. De los primeros está claro la confrontación con los estados actuales, sobre todo cuando éstos todavía se basan en una idea de Nación vinculada con el Estado como un único ser, como si uno dependiera necesariamente del otro para subsistir. La existencia de una Nación culturalmente diferente a la del Estado, por más que aquella se adapte a los lineamientos de éste, siempre resulta una amenaza latente a la integridad territorial o social del segundo. Por otro lado, ello contrariaría el afán modernista que han tenido históricamente nuestras clases dirigentes, cuya mirada se ha dirigido a los modelos europeos o el estadounidense, y se acerca más a posiciones tildadas de “izquierdistas”.

En cuanto a los beneficios, los hay para las propias etnias o entidades, y los hay para las comunidades no indígenas. La opción “nacional” implica para los indígenas adoptar como necesaria la creación de una clase dirigente instruida tanto en lo propio como en lo ajeno, para disputarle de igual a igual con la élite política y económica de los estados y así conseguir sus propósitos étnico-nacionales. También, permitirá que se tome en serio la idea de pluralismo cultural y político por parte de los estados y gobiernos, lo que necesariamente será un ejemplo para, por ejemplo, aquellas regiones alejadas del centro político y cuyas características culturales difieran del arquetipo nacional defendido por las clases políticas (como sería, por ejemplo, los casos de Chiloé, la Patagonia o el Norte, muy diferentes del Chile “huaso” que es tomado como modelo de identidad nacional). Si esto determina o no la disgregación del estado, o permite espacios de autonomía política, dependerá tanto de lo descrito como de la madurez cívica para hallar una solución conveniente para las naciones indígenas y para los estados.

A manera de Bibliografía

Como dije, no pretendía hacer un estudio sesudo y académico de la situación, sino sólo dar un panorama general. No obstante, hay variada literatura que recomiendo seguir al respecto. Hay mucho material en internet sobre nacionalismo indígena, autodeterminación, estado nación y relacionados, pero para entender el fenómeno decidí seleccionar los siguientes, todos relacionados con Chile y en preferencia con el caso mapuche:

  • Gundermann K., Hans (2013). Procesos étnicos y cultura en los pueblos indígenas de chile. En: Revista Alpha (Osorno), N° 36, pp. 93-108. conicyt.cl/pdf/alpha/n36/Art_07.pdf
  • Barrientos, Ignacio (2005). ¿Nacionalismo indígena? El transito de una identidad étnica a una identidad nacional. En: Aparicio, Marco (coord..), Caminos hacia el reconocimiento. Pueblos indígenas, derechos y pluralismo. Gerona: Universitat de Girona, pp. 251-290. dpp.cl/biblio/DataBank/6023-2.pdf
  • Millalén, José (2013). Taiñ mapuchegen. Nación y nacionalismo Mapuche: construcción y desafío del presente. En: Varios autores, Ta iñ fijke xipa rakizuameluwün. Historia, colonialismo y resistencia desde el país mapuche. Temuco: Ediciones Comunidad de Historia Mapuche, pp. 235-253. cl/wp-content/uploads/2012/04/descargar-10.pdf
  • Pinto, Jorge (2003). La formación del Estado y la Nación, y el pueblo Mapuche: de la inclusión a la exclusión. Santiago: Dibam-Centro de Investigaciones Barros Arana (2ª edición) gob.cl/archivos2/pdfs/MC0027516.pdf
  • Durán, Matías (2019). Secesión del Estado-Nación: «El devenir etnonacionalista dentro del Movimiento Autonomista Mapuche». En Revista Entre Líneas N° 3, pp. 23-30. revistaentrelineas.cl/2019/06/03/secesion-del-estado-nacion-el-devenir-etnonacionalista-dentro-del-movimiento-autonomista-mapuche/
  • Bustamante, Minda (2015). Pluralismo Jurídico en Chile, la relación entre regímenes jurídicos: internacional y nacional desde la entrada en vigencia del Convenio 169 de la OIT. Tesis de Magister en Análisis Sistémico Aplicado a la Sociedad, Universidad de Chile. repositorio.uchile.cl/handle/2250/140211
  • Corporación de Defensa de la Soberanía (2008). Antecedentes históricos y contemporáneos sobre brotes independentistas “indígenas” en las zonas de alto Biobío y la Araucanía. Motivaciones políticas e influencias extranjeras. soberaniachile.cl/autonomismos_dirigidos_en_la_araucania.html
  • Y si bien la Wikipedia no es una fuente muy autorizada, hay artículos que son destacables para introducirse en el asunto, y que tienen referencias a obras sobre cada tema: Derechos de los indígenas, Nacionalismo étnico, Identidad nacional, Pluralismo jurídico, Separatismo.

2 comentarios en “¿Indígena o Nación?

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