He dejado un poco olvidado este blog. Lo lamento por la gente que lo sigue. No voy a mentir, he estado más haciendo otras cosas, pero bueno, ahora hay algo.

Esta columna la escribo a modo de “respuesta” a dos videos del destacado colega y director de medios Tomás Mosciatti, el primero llamado ¿Qué te pasó Chile? del 29 de septiembre de este año, y el segundo ¿La peor clase política de la historia?, de hace unos días. Va a ser una respuesta breve, de corte reflexivo pero sin tanto estudio, sólo para oponer, al análisis sobre nuestra “élite”, una consideración al otro lado del tablero, el de la ciudadanía.

Puede sonar exagerado que tengamos “la peor clase política de la historia”. Sí deberíamos decir que el actual estado de nuestra “élite” no es el de los mejores, pero el escenario se debe también mirar desde otra óptica, no es sólo el ejercicio del poder por parte de los gobernantes, también es el escenario donde se ejerce ese poder. Y ese escenario es ocupado por otra parte, los gobernados, más bien diría la ciudadanía.

¿Será que, en realidad, más que la peor clase política, estamos ante la mejor ciudadanía de nuestra historia?

La sociedad chilena ha cambiado mucho en los últimos 30 años. El mundo ha cambiado. Pasamos de las máquinas de escribir y el teléfono a disco al smartphone y las redes sociales. El pueblo de 1990 no es el de 2020. Y eso es algo que alguna parte de nuestra “élite” no supo o no quiso advertir, pese a las variadas advertencias que se vieron, en 2006, en 2011…

Las nuevas tecnologías, la apertura de nuevos medios de comunicación, la mejora sustancial del nivel de vida de muchos chilenos, han creado un nuevo escenario. Un continuo escalar en la pirámide de Maslow, y el rechazo a volver a caer, es lo que encontramos a la vuelta de todos estos años. Un pueblo más maduro, quizá no completamente, pero con menos miedo y más autoidentificación.  No olvidar tampoco reformas legales, como la Ley de Divorcio o de Transparencia, o la reforma al sistema electoral, o la creación de organismos como el Instituto Nacional de Derechos Humanos, que queriéndolo o no fueron pavimentando el camino.

La ciudadanía, pues, cambió. Ya no éramos ese pueblo pacato, resignado, gris, que nos caracterizó como pueblo. Ahora somos una ciudadanía que se abre, que se para y quiere hablarle a ese grupo que ha ejercido el poder durante nuestras vidas, para reclamarle, para hacernos oír. Ya no estamos en esa niñez en que nuestra voluntad era inexistente al lado de nuestras dirigencias. En el mejor de los casos, ya somos un pueblo adulto, consciente de sí mismo. En el peor, entramos a la adolescencia, empezando nuestro camino de crear una voluntad propia alejada del espíritu que mantiene a la oligarquía donde está.

A Portales y los pelucones les tocó una masa mayormente inculta, tanto que la educación fue un problema y una preocupación para algunos de sus líderes. Los conflictos que Chile vivió en los siglos XIX y XX fueron, o conflictos al interior de la clase dirigencial, o el intento de nuevos sectores sociales de integrarse al proceso, casi siempre cooptados o reprimidos por la dirigencia y las instituciones de su dependencia. Incluso en los años de mayor agitación política antes del golpe, nuestra ciudadanía era más un núcleo cerrado, con alguna clase media, pero con una masa que segía presa de la ignorancia y las falencias.

El “niño” creció y la “élite” dejó de ser élite. Como lo pusiera en una columna que escribí hace un tiempo, la clase dirigencial que tenemos tiene poco de élite y más de oligarquía. Dejó de lado su deber de liderazgo y pasó a ser guardiana de sus privilegios. Quizás siempre fue así. Pero a diferencia de otras épocas, hoy ya no tiene una ciudadanía tan ciega o conformista como la tuvo hasta 1973. Hay memoria, hay esperanza, y hay amor propio en la ciudadanía del que no había a inicios de los ’90. Y ante esto, la clase dirigente pareciera estar confundida, o en un estado de negación. Algunos dando palos de ciego, otros haciendo actos sin medir las consecuencias, los más tratando de llevar agua a su molino, los menos en una guerra que no quieren asumir.

Como dije hace un tiempo respecto de los manifestantes, en la clase política pareciera repetir eso de que algunos saben a lo que van, otros no lo saben, otros “saben” a lo que van, y hay los que saben a lo que “van”…

Ojo, que “mejor ciudadanía” no significa que sea perfecta ni excelente. Todavía arrastramos algunas falencias del tiempo anterior. Como dijera, en el peor de los casos nuestra ciudadanía está en un estado “adolescente”, despertando del sueño que fue la democracia formal que tuvimos, pero aún haciendo el camino para ser actores de una democracia sustancial. Falta todavía incorporar sectores rezagados en este desarrollo, y sobre todo falta un orden.  

¿Para qué un orden? Para evitar la confusión entre el “interés superior” de la ciudadanía y la mera voluntad.  A la clase dirigencial le faltó liderazgo para diferenciar entre ambas cosas. Hasta ayer, el interés superior era suplantado por el interés de las oligarquías. Hoy, ante el descrédito de éstas, la ciudadanía puede confundirse y terminar cambiando la voluntad dirigencial por la “no voluntad” de la masa.

Hace falta, pues, para llevar a la ciudadanía por un buen camino, nuevas élites, o nuevas vanguardias que por un lado no se arroguen la voz del pueblo, y por otro conduzcan este camino para el bien común (sinónimo de interés superior).

Como dijera antes, la clase dirigente actual ha perdido gran parte, si no toda, su posición de liderazgo en nuestra sociedad. Ante este vacío, muchos se pueden aterrar y pensar que se nos viene un monstruo de mil cabezas, y que es urgente volver al modelo viejo, a implantarlo cueste lo que cueste, y volver a la “vieja normalidad”. Pero creo que el camino largo pero seguro es la mejor apuesta. Crear una nueva normalidad, aceptar que la ciudadanía ha crecido, y en base a lo anterior construir un nuevo modelo de país, de liderazgos, de crecimiento social.

En síntesis: que la clase política esté en un mal momento, no hay duda de ello. Pero también es necesario preguntarnos si a lo mejor también es que la ciudadanía está en un momento álgido. Que, si no en un punto brillante, al menos está en su mejor versión comparado con lo que teníamos antes.

No voy a poner una bibliografía. Es cosa de buscar en Google para ver la infinidad de artículos, ponencias, videos, diapositivas, etc., que hay explicando cada fenómeno que lleva a la situación actual, sólo preocúpense de que sea una fuente verificada. Si les interesa, hice un breve compilado en Wikipedia sobre la Historia reciente de Chile desde 1990 hasta ahora.

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