Una bofetada en la cara. No puedo negar que eso ha sido la crisis política de los últimos 15 días (sí, hace 15 días nadie hubiera pensado que estaríamos tan mal). Me tocó vivir como estudiante la inolvidable “Revolución Pingüina” de 2006, en un sitio tan emblemático como la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. La otra gran protesta estudiantil, la del 2011, me tocó vivirla lejos, haciendo la práctica en Linares. Entre ellas y luego de la última hubo movilizaciones, aunque de menor calado. Pero lo que ocurrió ahora rompió las expectativas y las estadísticas.

Como esto al parecer no tiene ganas de mejorar, y antes de que sea demasiado tarde, es que quiero compartir algunas tesis que he desarrollado para entender cómo debería avanzar el escenario, y cómo entender la situación.

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(CC) Nicolás15

La “Bala Pasada” del 2011

Sebastián Piñera era Presidente de Chile cuando se produjo la entonces magna revuelta estudiantil de 2011. La imagen de la Alameda repleta de manifestantes es parte de la memoria colectiva de la juventud de esos años, y quedó no sólo por el impacto en su momento sino por la decepción posterior al ver los esmirriados avances conseguidos en el tema de la educación.

La revuelta de 2011 fue un daño muy grande para el primer gobierno de Piñera, lo que se reflejó en la elección de 2013 en que su coalición llegó muy desgastada a la elección que fue ganada por Michelle Bachelet, quien fuera su antecesora.

Creo que el gran por qué de que este estallido haya superado las previsiones más pesismistas (u optimistas, depende de qué bando esté) viene de esa experiencia. Sobre todo porque llegó al poder casi por descarte, porque el segundo gobierno de Bachelet fue muy decepcionante, y por la falta de liderazgos alternativos.

Así las cosas, este gobierno no quiso quedarse quieto como ocurriera hace 8 años, y decidió actuar, con las consecuencias que ello trajo.

La pirámide de Maslow, esa que nunca divisamos hasta estrellarnos

¿Por qué llegamos a esto?

Uno, escuchando las demandas de la gente, pudiera pensar que en los últimos 30 años Chile no ha progresado nada. Que nuestra clase media está igual o peor en lo económico o lo social que en 1990, para qué decir la clase baja. Que Chile es un país corrupto a la par de nuestros vecinos, que nuestra educación es mala e inaccesible, que nuestros servicios públicos son tan deficientes como los del resto de América Latina, en fin…

Basta darse una vuelta por los indicadores más autorizados para darse cuenta que no es tan así. Chile no es el país pobre que éramos hace treinta años. Un país de caminos malos, casas de tablas, escuelas que sobrevivían a medio morir, donde el agua potable o el alcantarillado eran un lujo para muchos, donde la desnutrición era algo común. Hoy hemos eliminado muchos de esos problemas, hay mejor salud que nunca antes, hay acceso a bienes y servicios inimaginables hace algunos años. Y la educación, antes un “cacho”, hoy es una prioridad para las familias.

El asunto es, quizás no tanto el acceso en sí a estos bienes, sino más bien la calidad de los mismos, y la desigualdad es un tema importante a la hora de determinar aquello. La vara la pone la élite (o la oligarquía, mejor dicho), y si ellos tienen lo bueno, lo mínimo que espera la población es poder llegar a ese nivel. Y no se consigue, por mucha obra pública, por mucho “chorreo” que se produzca. El modelo quedó obsoleto.

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Pirámide de Maslow (CC) J. Finkelstein

 

Abraham Maslow, sicólogo estadounidense, propuso un modelo de necesidades ordenado jerárquicamente, donde las necesidades más básicas están abajo, y conforme se sube son más elaboradas. Es lo que se conoce como “Pirámide de Maslow”, y explica por qué no sólo la protesta es tan amplia sino también el número de gente, incluso de clase alta, que sale a protestar.

Podríamos decir, entonces, que en la pirámide la sociedad chilena ha subido de escalones. Ya nuestras clases bajas no están en el nivel más bajo, sino que subieron a las necesidades de seguridad y aspiran a las de afiliación. Las clases medias se debaten entre seguir subiendo al escalón de las necesidades de reconocimiento y cuidarse de no caer al de mera seguridad (diría que se hallan algo “estirados” entre los 3 escalones del medio). Y más arriba están los “ricos”, habiendo algunos estirando sus brazos para acercarlos a los de abajo, mientras otros les tiran cosas para que se caigan.

Sí, progresamos, pero olvidamos que conforme progresamos cambian nuestras aspiraciones. Ya no es sólo sobrevivir, es poder vivir y ser valiosos. Tener alguna esperanza de trascendencia como seres humanos, no sólo vivir encerrados en un presente de sobrevivencia, sin esperanzas y con miedo de volver a ese pasado de hambre y miseria.

La mente de algunos quedó pegada en 1990, o peor, en 1978… digamos que por esa desconexión social muchos no han querido aceptar los cambios sociales y mentales que han sucedido en nuestra sociedad, ni siquiera cuando han existido señales previas que advertían del problema que se venía.

La Batalla Comunicacional

El presidente Piñera utilizó una palabra desafortunada para relatar la situación, cosa que incluso el general a cargo de una de las zonas salió a aclarar que no era eso lo que sucedía. Fue un concepto que, en mi opinión, no ayudó a sumar, sino a restar, y enardeció los ánimos. Pero, en el fondo, hay una conflagración que podríamos decir “espiritual”, y cuya arena, ojalá, sólo sea la comunicacional.

La revuelta se ha vivido en las calles, pero también, y por sobre todas las cosas, se ha vivido en las redes sociales. Twitter, Instagram, Whatsapp, Facebook y demás redes sociales se han convertido no sólo en una vía alternativa de envío de información de la revolución. También ha sido escenario de proclamas, envío de opiniones, intercambio de las mismas y, cómo no, de ataques a los “enemigos”.

También, el uso de las noticias verdaderas y las “fake news” ha sido un arma de provocación o ataque dentro de esta trifulca. De las últimas, algunas son por falta de comprobación, parcialidad de interpretación o insuficiencia de datos. Son un arma, porque sirven para provocar, como cabeza de turco contra el rival, para dividir, etc. Por ello, su neutralización es también una estrategia a seguir, para debilitar al bando contrario y con ello fortalecer las posiciones propias.

Otro asunto es el redescubrimiento de medios de comunicación alternativos, que no pertenecen a las grandes cadenas de prensa o telecomunicaciones. En parte por la desconfianza que hay desde un tiempo a esta parte a la prensa, tildada de servil al sistema que hoy se combate. Lo malo es que esa no pertenencia no significa que por sí estos se comporten de manera impoluta y no caigan en estrategias comunicacionales propias de la confrontación y destrucción del rival.

Por otro lado, la misma prensa cae en el juego, no tanto por trasuntar a veces su línea editorial en medio de noticias, reportajes o entrevistas. También cae cuando enfrenta a las diferentes partes del conflicto en sus programas y con ello transmite un ambiente a los receptores.

La Revolución de Mil Cabezas (Que al final no es Ninguna)

El estallido de la revuelta fue súbito, inesperado, y a diferencia de otras revueltas como las ya mencionadas de 2006 y 2011, no tiene un líder o una cara visible. Es como una hiedra de mil ramas y cabezas que va creciendo inorgánicamente. Y por tener mil cabezas es que al final no parece tener ninguna.

Por ello, es que la solución al conflicto no ha sido la querida, porque el conjunto de demandas es demasiado grande, el “enemigo” es bastante poderoso y no hay quién pueda erigirse como el “vocero”. Porque la clase política reaccionó tarde y los que aparecen como estandartes del proceso dentro de la misma son vistos como oportunistas por buena parte de la población.

Por otro lado, a diferencia de las protestas clásicas, donde hay un núcleo que es el mínimo común denominador, aquí hay un enredo de peticiones generales como especiales, que son difíciles de cumplir al mismo tiempo. Asimismo, no debemos olvidar que hay gente, y en un buen número, que se opone total o parcialmente a este movimiento. Muchos se oponen por la acción vandálica, aunque dentro del seno de los manifestantes hay reclamos para que dejen de actuar ya que su obrar no beneficia al movimiento y antes lo perjudica. Habrá quienes por razones ideológicas apoye al gobierno (aceptando o no que se requieran cambios), pero también quienes temen que esto pueda ser aprovechado por los rivales políticos para instalarse en el poder.

Por ello, aunque suene impopular, pienso que una élite o grupo dirigente no es algo de lo que pueda prescindirse, ya que es la única forma de que la hidra se ordene y pueda volcar sus demandas en un plan. O la actual asume su responsabilidad y retoma el liderazgo que debe asumir en función de su posición, o se formará una en el seno de los revoltosos con consecuencias que no podemos imaginar.

No se puede matar un león a pellizcos, tarde o temprano llegará el mordisco o el zarpazo

Y en cuanto a la forma de la revolución, lo que ha sucedido desde la noche del viernes 18, con el Estado de Emergencia, el estallido en el resto del país, los saqueos, las denuncias de atropellos a las garantías constitucionales, el enfrentamiento político y entre instituciones del Estado, reflejan que, aunque herido, todavía hay en este conflicto un bando más fuerte, que es el del gobierno.

Sobre esto, hay un chiste viejo en la que dos hombres juegan al poker. Uno dice “tengo tres reyes” y el otro le contesta “Yo tengo tres ases”. Entonces el primero saca su arma y apunta, a lo cual el segundo, sin inmutarse, le dice “Entonces gana usted”.

Así las cosas, hay que tener claro quién tiene la sartén por el mango cuando las cosas se pongan realmente negras. Ahora la cosa está más calmada, pero no sabemos lo que puede pasar si el gobierno vuelve a sentir la amenaza o haya más gente que sacrifique sus demandas de largo plazo por la seguridad del corto. 

¿Pero cómo sacar la pistola del baile?

En suma, el vandalismo no suma, sino que resta. No sólo porque destruyen la propiedad ajena y crean un caos innecesario, sino porque son como los zancudos, que pican y enronchan pero no alcanzan a enfermar lo suficiente. Es como matar un león a pellizcos, antes de lo previsto da su zarpazo o su mordisco y… Si quieren derrotar a un león, tienen que actuar como un león, y ya saben a qué me refiero. 

Cuando la forma es la que falla, el fondo se torna irrelevante

Esto puede sonar como un corolario o complemento con las tesis del poker o el león.

Las formas pueden ser muy importantes a la hora de facilitar o dificultar la consecución de metas, sobre todo existiendo un orden institucional. Porque, si la protesta se desboca puede desviarse de su fin ciudadano, y con ello generar más anticuerpos que simpatías.

Pongamos por ejemplo el tema de los negocios pequeños, las Pymes, que se vieron atacadas por vándalos en esta revuelta popular. Hay elementos radicales en la masa de la protesta que abogan por la supresión total del mercado, sin hacer distinción entre el gran empresariado y los pequeños y medianos comerciantes. Ello sería contraproducente al antagonizar a otro grupo que también se ha visto cohibido por las políticas económicas de los últimos años.

Si la opción es la de canalizar las múltiples demandas, si no se aísla a los violentos, el movimiento revolucionario pierde legitimidad, a menos que asuma el costo de lo que ya saben.

Y aún cuando las formas son importantes para esta clase de hechos, en mi modo de ver los opositores hasta ahora, y salvo un par de casos, fallan en cuanto a obviar el tratamiento de los asuntos de fondo insistiendo demasiado en el vandalismo o en la acción de policías y militares. Deben asumir el tema de fondo, hacer sus propuestas para defender el sistema político y económico, para hacer oposición en el nuevo orden.

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Hasta aquí dejo el post, que me quedó un poco largo. La próxima vez hablo sobre qué opino de algunas de las demandas.

 

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